Archivo de la categoría: mis rincones

Verano azul piscina

Recuerdo cuando llegaba el verano a mi jungla de asfalto. Lo recuerdo como recordaréis todos el verano. Largo pero corto. Muy luminoso aunque con las persianas bajadas para que no te achicharrara el sol. Me acuerdo de mi madre diciendo que no podía salir de casa hasta que bajara el sol, porque me iba a dar un golpe de calor. Eso era el verano allí.

Empezaba con el final del cole. La guerra de globos de agua. Los helados de Palazzo volviendo de clase, cuando ya no ibas por la tarde. La fiesta de fin de curso, que preparábamos meses antes, aprendiendo coreografías imposibles. Con la apertura de la puerta negra a mediados de junio. Cuando todos salíamos escopeteados porque empezaba el verano y teníamos tanto por delante. Unos se iban al pueblo, el dichoso pueblo, que parecía algo así como Las Vegas de La Mancha por las aventuras que luego te contaban en septiembre. Otros, nos quedábamos a guardar la viña, hasta que llegaba el día de ir a la playa.

Mientras esperábamos, teníamos la época de piscina. Durante años pasé todos los días de esos meses en las praderas de La Mina. Esa piscina que era el punto en común de todo mi colegio. Donde los bocadillos sabían a gloria, aunque fueran de mortadela.

Luego cambiamos la Mina por la playa de Madrid. Ese lugar de nombre idílico y mentiroso, pero que tanto hemos disfrutado, día tras día. Los que no vivimos en la playa tenemos que buscarnos la vida cuando somos críos. Y os diré algo, somos más fuertes. Porque sabemos lo que es buscar una sombra a 40 grados para tomarnos un flash o unas pipas, con tal de estar con nuestros amigos. Y sabemos lo que es salir de noche sin miedo a constiparon porque no bajará de 30 grados aunque sea de madrugada. Y sabemos lo que es sentarse en un pollete o una barandilla y achicharrarse la piel porque tu pantalón corto no te previene del metal o la piedra incandescente. Y sabemos lo que es hacer un examen sudando la gota gorda.

También recuerdo los veranos, con todos sus días de sol y calor. Sin plantearte que vaya a llover cuando te asomas al levantarte. Cambiando la ropa del armario sin temor alguno de guardar todos los jerséis. Viviendo en tirantes y chanclas desde junio hasta septiembre. Y apurando hasta que te decían algo en el colegio. Cuando cualquier fuente era la Trevi de tu Dolce vita, aunque sin Mastroianni y más concurrida.

Y aunque ahora valoro más que nunca dormir a pierna suelta por la noche, tengo mis momentos. Esos en los que todo es en blanco y negro y melancólico. Esos momentos en los que sudar a pleno sol tenía su gracia. En los que compensa el calor por las risas y la tontería. Esos en los que la playa no era mejor plan que el parque. Que tirarte con los pies descalzos sobre el césped recién regado y levantarte con el pantalón calado era más refrescante que un baño en la Kontxa. Que pisar la arena de la playa por primera vez en julio era una experiencia inexplicable que disfrutabas como una auténtica enajenada desde que salías corriendo del coche, con tu madre gritando que te pusieras la crema, hasta que pisabas el primer tablón de madera de la playa; y te quemabas los dedos, pero era el momento más feliz del año. Y olía a mar mucho más de lo que lo hace ahora.

El verano, esa estación que nunca será igual que cuando eres un niño.

Anuncios

Txubillo- El Vasco Japonés del Antiguo

Desde hace ya algun tiempo tenemos un segundo hogar no muy lejos de nuestra casa. Nunca hubiera pensado que podría engancharme tanto a un tipo de comida y a un restaurante en particular.
Lejos de la estética habitual de los restaurantes japoneses, se encuentra este pequeño local, con aires de antigua taberna vasca, y excelente comida. Puede presumir de ser un lugar escondido con lista de espera para reservar. Y sobre todo su mayor orgullo debería ser la cantidad de gente reincidente que semanalmente nos juntamos en su mínimo pero acogedor comedor.
Con una carta pequeña y sorprendente, el comensal podrá elegir entre platos tradicionales japoneses y pinceladas de cocina vasca, lo que facilita la incursión a esta gastronomía para aquellos que, como nosotros la primera vez, no nos atrevíamos a probar.
De la mano de Akari, la copropietaria y responsable del comedor, recibirás las recomendaciones pertinentes para disfrutar al máximo de la experiencia, y a la vez, aprender detalles de la cultura japonesa.
El mejor Sushi de Donostia sin lugar a dudas, y eso que he probado todos los restaurantes japoneses de la ciudad y asimilados. Tampoco hay que perderse el tataki de atún en temporada al igual que el udón con salsa de gazpacho. Una elección segura durante todo el año es el plato de presa ibérica o el bacalao con salsa de ajo, ambos impresionantes.
Además, lo mejor de este restaurante es su precio. Acostumbrados a los sustos que hemos recibido en otros restaurantes japoneses al pedir la cuenta, este resulta muy asequible (25-30 euros por persona).
Por todo esto Txubillo es una apuesta segura para parejas, familias sin niños (el comedor es muy pequeño y las mesas están muy juntas por lo que niños inquietos y carritos no son lo más recomendable ni para que disfruten sus padres ni el resto de comensales) y grupos de amigos (tener en cuenta la recomendación de los niños en este caso también en lo que se refiere a número e inquietud de sus integrantes).
____________________________________________________________________________________________________________________
Txubillo
c/ Matía, nº5 (entrada por calle Istingorra) Cerrado domingo noche y lunes
943 21 11 38
Video: foodfilmmakers

Un akelarre de bombones salados y tartas de papel


Hace ya un mes que le debo un post a la experiencia gastronómica que disfrutamos en el restaurante Akelarre de San Sebastián. Por eso, y aunque con retraso, quiero dedicarle unos minutos a este pequeño paraiso que esconde el Monte Igeldo.

He de decir que nunca he creido en los restaurantes con estrellas michelín ni en los menus degustación. Puede que parte de esa desconfianza se debiera a que nunca había estado en uno.

En los últimos meses he podido disfrutar de unos cuantos (más de los que esperaba y menos de los que me gustaría) y reconozco que mi opinión ha cambiado por completo.

Por supuesto que habrá de todo y mucha gente se habrá sentido defraudada e incluso estafada en establecimientos de renombre en los que la experiencia no merecía ni de lejos el precio que habían pagado. Me siento una absoluta privilegiada al poder decir que a mi eso no me ha pasado.

De noche, la luz salpica la entrada del lugar con pequeñas pinceladas blancas, dibujando los recodos del pasillo que lleva a la sala del restaurante. La enorme cristalera (que de noche pierde las magníficas vistas del monte) preside la cena, a lo largo de la cual se sitúan las mesas de la parte baja, dejando como en un escenario la otra zona, la de fumadores.

Entonces empieza el desfile de platos.

Al principio la razón se confunde y lo lógico se vuelve imposible. Paladear un bombón de morcilla puedo asegurar que es una de las experiencias más extrañas que he vivido en la cocina. A partir de ahí, sabes que debes dejarte llevar por los sabores, las texturas y los gestos, y que no debes dar nada por supuesto.

Cuando parece que todo se calma y que no puede quedar nada que llame tu atención aparece ella. Inesperada, insólita, rozando el absurdo pero rodeada de enigma:
-“¿Qué es?
-“Es la otra tarta de manzana”- contesta la camarera.

Tú la miras y no entiendes nada. Es una lámina de papel brillante con las letras que conforman el nombre del restaurante impresas.

De repente miras debajo del papel y ves un pequeño hojaldre, por lo que deduces que el papel es un adorno. Procedes a levantarlo hasta que escuchas:

-“La tarta es el papel” el hojaldre es para acompañarla. Las letras están hechas con chocolate.

Cortas un pedazo, lo metes en la boca y una explosión de sabor a tarta de manzana inunda tus papilas. Increible por lo indescriptible. Cuando de repente algo que no esperas ocurre y no sabes qué es lo que sientes.

Entonces te das cuenta de que el espectáculo está a punto de finalizar. Casi tres horas para degustar ocho platos dirigidos por excelentes maestros de sala y regados por un buen vino.

En resumen, cada céntimo y cada minuto, cada corte y cada pinchada, cada porción y cada salsa merece ser valorado. Y si además, te brinda la oportunidad de cruzar unas cuantas palabras con Pedro Subijana, hace que resulte inolvidable.

_______________________________________________________________
PD: muchas gracias por descubrirme el gusto por la gastronomía y por sorprenderme cada día… Para mí ya tienes 5 estrellas Michelín

Eternamente jóven, incluso a los 100


Eterna, recta, ambigua y electrizante. Así eres en mi cabeza cuando pienso en ti.

He pasado muchas horas recorriéndote y sintiéndome parte de tí, recreándome en tus rincones y escondiéndome en tus recodos.

Me has visto cambiar y crecer. Has visto como cambiaba mis hábitos, mi apariencia y mis acompañantes. Me has visto correr apresurada y cimbrearme relajadamente. Con tacones y en zapatillas. Me has visto triste y agobiada y otras veces alegre y despreocupada. Reir, llorar, gritar, sentir e incluso cantar.

Tienes algo inexplicable que me atrae magnéticamente y que sólo pensar en tí, ahora que te tengo lejos, me hace sonreir y ponerme melancólica.

La última vez que te vi habías cambiado. Reconozco que tu nueva apariencia me provocó cierto desasosiego. Pensar que evolucionas a lo lejos y que yo ya no soy parte de ti…

Otras con tu mismo nombre he conocido, pero ninguna se puede comparar a tí, porque para mí sólo habrá una Gran Vía, que es la de Madrid.

Por eso, ahora que es tu cumpleaños, quiero darte las gracias por haber estado siempre ahí, sin juzgarme, sólo dejándonos vivir.

_______________________________________________________________
“Cuando la muerte venga a visitarme, no me despiertes, déjame dormir, aquí he vivido, aquí quiero quedarme, pongamos que hablo de Madrid” (Sabina)

Recomiendo el reportaje del que he sacado la foto, y el video “Un día en Madrid” sobre todo para los que, como yo, sois madrileños lejos de la capital.

Cosas que nunca te dije

El bip de un mensaje, un guiño amable, una nota en la almohada, una sorpresa inesperada, un susurro al oido, una frase precisa, sentir las llaves en la puerta, esa canción que hace tiempo que no escuchas, una caricia en la cara, una sonrisa, una mirada, una manta en el sofá cuando llueve, una carta en el buzón, una ducha después de un día duro, un encuentro fortuito, mirar las olas, oir cómo se mueven las ramas de los árboles, ver nevar, bucear, andar pisando hojas secas, respirar profundo, meter los dedos de los piés en la arena, oir las gaviotas, tumbarme en el césped y ver la noche estrellada, conducir, mirar viejas fotos, planear viajes que nunca haré, pisar el césped, ver un cachorro, andar por las juntas de los baldosines, no tener prisa, dormir hasta tarde, leer el periódico, cerrar los ojos y no ver nada.

Muchas de ellas las conoces, pero todas me ayudan a ser feliz.

Mes sovenirs de Bruxelles



Je ne t’aime plus
Mon amour
Je ne t’aime plus
Tous les jours

Parfois j’aimerais mourir
Tellement j’ai voulu croire
Parfois j’aimerais mourir
Pour ne plus rien avoir
Parfois j’aimerais mourir
Pour plus jamais te voir

Je ne t’aime plus
Mon amour
Je ne t’aime plus
Tous les jours

Parfois j’aimerais mourir
Tellement y a plus d’espoir
Parfois j’aimerais mourir
Pour plus jamais te revoir
Parfois j’aimerais mourir
Pour ne plus rien savoir
Je ne t’aime plus
Mon amour
Je ne t’aime plus
Tous les jours

*A mes chères amis, à qui je me souviens tout les temps… je vous aime plus… pas “ne plus”….