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8 letras difíciles de pronunciar.

blanco_truchoMuchos lo desdeñan llamándolo el día de El Corte Inglés (o, en su día, de Galerías Preciados). Otros tantos se dejan llevar por el consumismo que desvirtúa su razón de ser. Y es que el día de hoy se ha convertido en una de las tantas asimilaciones de nuestro calendario, con orígenes desconocidos para la mayoría, pero que nos recuerdan asuntos de cierta relevancia. Yo no soy muy dada a celebrar este tipo de fechas, como tampoco me gustan el día de la mujer trabajadora (como si alguna no lo fuera) el día de todos los santos (o ese colmo anglosajón llamado Halloween) o el resto de patrones y fiestas vinculadas al santoral católico, ortodoxo, protéico copto o judeomasónico.

Pero eso no quita que me resulte interesante saber de dónde proceden estos usos y costumbres. Espiando en internet he descubierto que la tradición de celebrar el amor se remonta a tiempos ancestrales. Desde la antigua Roma, donde celebraban ritos de fertilidad pagana conocidos como Lupercalia, hasta la conversión católica de esta festividad, en el año 496, por parte del Papa Gelasius I, estableciendo su festividad el 14 de febrero. Desde entonces, ha ido mutando y cogiendo la forma que todos conocemos hoy en día. Lo cierto es que, como casi todo lo que hacemos, este modo de celebrarlo se lo hemos copiado de nuevo a los anglosajones. Ellos llevan desde el siglo XV escribiéndose poemas entre enamorados y, posteriormente, enviándose tarjetas de amor gracias a la visión de negocio que tuvo Esther Angel Howard* en 1842.

En cualquier caso, si tengo que dar mi opinión sincera al respecto de este día, os diré que, si bien no entiendo el mercantilismo y el “regaleo”, sí que siento que es importante poder decir a quienes queremos que lo hacemos. Las obligaciones y aceleraciones de nuestro día a día hacen que procrastinemos ese momento de mirarnos a los ojos y decirnos que nos queremos, o peor aún, que se convierta en una expresión vacía y sin significado.

Por eso hoy, o cualquier otro día que estimemos oportuno, digamos “Te quiero“. A tu pareja, a tus padres, a tus amigos, a tus compañeros de trabajo, de autobús, a tu vecino (al mío, no) a tu perro, a tu jefe (si fuera necesario) a todas las personas que cuando imaginamos nuestra vida sin ellos sería mucho peor.

 Feliz día a todos los que os sentís queridos y queréis. Sin importar por quién o a quién.

*Datos recopilados gracias a mi querida  Wikipedia ¡Te quiero Wikipedia a ti también!

Foto: Makeyourwall.com

Verano azul piscina

Recuerdo cuando llegaba el verano a mi jungla de asfalto. Lo recuerdo como recordaréis todos el verano. Largo pero corto. Muy luminoso aunque con las persianas bajadas para que no te achicharrara el sol. Me acuerdo de mi madre diciendo que no podía salir de casa hasta que bajara el sol, porque me iba a dar un golpe de calor. Eso era el verano allí.

Empezaba con el final del cole. La guerra de globos de agua. Los helados de Palazzo volviendo de clase, cuando ya no ibas por la tarde. La fiesta de fin de curso, que preparábamos meses antes, aprendiendo coreografías imposibles. Con la apertura de la puerta negra a mediados de junio. Cuando todos salíamos escopeteados porque empezaba el verano y teníamos tanto por delante. Unos se iban al pueblo, el dichoso pueblo, que parecía algo así como Las Vegas de La Mancha por las aventuras que luego te contaban en septiembre. Otros, nos quedábamos a guardar la viña, hasta que llegaba el día de ir a la playa.

Mientras esperábamos, teníamos la época de piscina. Durante años pasé todos los días de esos meses en las praderas de La Mina. Esa piscina que era el punto en común de todo mi colegio. Donde los bocadillos sabían a gloria, aunque fueran de mortadela.

Luego cambiamos la Mina por la playa de Madrid. Ese lugar de nombre idílico y mentiroso, pero que tanto hemos disfrutado, día tras día. Los que no vivimos en la playa tenemos que buscarnos la vida cuando somos críos. Y os diré algo, somos más fuertes. Porque sabemos lo que es buscar una sombra a 40 grados para tomarnos un flash o unas pipas, con tal de estar con nuestros amigos. Y sabemos lo que es salir de noche sin miedo a constiparon porque no bajará de 30 grados aunque sea de madrugada. Y sabemos lo que es sentarse en un pollete o una barandilla y achicharrarse la piel porque tu pantalón corto no te previene del metal o la piedra incandescente. Y sabemos lo que es hacer un examen sudando la gota gorda.

También recuerdo los veranos, con todos sus días de sol y calor. Sin plantearte que vaya a llover cuando te asomas al levantarte. Cambiando la ropa del armario sin temor alguno de guardar todos los jerséis. Viviendo en tirantes y chanclas desde junio hasta septiembre. Y apurando hasta que te decían algo en el colegio. Cuando cualquier fuente era la Trevi de tu Dolce vita, aunque sin Mastroianni y más concurrida.

Y aunque ahora valoro más que nunca dormir a pierna suelta por la noche, tengo mis momentos. Esos en los que todo es en blanco y negro y melancólico. Esos momentos en los que sudar a pleno sol tenía su gracia. En los que compensa el calor por las risas y la tontería. Esos en los que la playa no era mejor plan que el parque. Que tirarte con los pies descalzos sobre el césped recién regado y levantarte con el pantalón calado era más refrescante que un baño en la Kontxa. Que pisar la arena de la playa por primera vez en julio era una experiencia inexplicable que disfrutabas como una auténtica enajenada desde que salías corriendo del coche, con tu madre gritando que te pusieras la crema, hasta que pisabas el primer tablón de madera de la playa; y te quemabas los dedos, pero era el momento más feliz del año. Y olía a mar mucho más de lo que lo hace ahora.

El verano, esa estación que nunca será igual que cuando eres un niño.

9 años ya…

Hoy hace 9 años que viví un día muy intenso. Toda mi vida cambió en menos de 24 horas. Mucha gente que lea esto ya conocerá la historia, pero como me hago mayor, me gusta recordarlo.

Todo empezó la tarde del día anterior. Esa tarde iba a ser difícil. Se suponía que después de unos meses, pondríamos punto y final a nuestra relación ya que Jon tenía que volver a San Sebastián y la distancia no parecía una opción realista para nosotros.

Pero ese día, como he dicho, iba a cambiar mi vida. Y lo hizo para bien. Cuando llegó el momento de despedirnos, decidimos darnos una oportunidad y ver si valía la pena. De momento, parece que acertamos.

Unos minutos antes de irme y dejar a Jon a punto de mudarse, recibí una llamada. Mi padre me avisaba de que mi hermana se iba al hospital. Gonzalo estaba a punto de llegar.

Cuando me subí al metro sola para volver a casa, no podía dejar de sonreír. El triste día que esperaba que iba a tener, de repente se volvió lleno de esperanza y buenas noticias.

Llegó la noche y, tras largas horas de espera, y algún que otro susto, se abrió la puerta de esa sala de espera que nos desesperaba. Recuerdo escuchar a mi cuñado repetir: “hijo, soy yo, papá, hijo” y no poder parar de llorar.

También recuerdo al día siguiente, cuando mi hermana me dijo que lo cogiera en brazos. Y pensaba que se me iba a derretir en los brazos. Era mi primer contacto cercano con un bebé, y justo me tocaba con el niño que más iba a querer el resto de mi vida.

Después de aquellas veces, fueron muchas las que lo tuve en brazos o deseé tenerlo. Pero cada vez era más difícil, cada vez lo veía menos.

Y de repente ya no podía cogerlo. Ya era mayor. Ya andaba, corría y hablaba. Ya tomaba sus decisiones. Ya pensaba libremente. Ya regía la vida de todos. Ya era mayor.

Para los que no lo conocéis os diré que será un gran hombre porque es un gran niño. Porque es cariñoso y le gusta aprender. Y aunque a veces, cuando estoy con él y llevo semanas deseando verlo, prefiere estar a sus cosas, yo no le culpo nunca. Porque no tiene la suerte que tuve yo, que tuvimos nosotras, de tener muchos primos con los que estar. Y ya somos todos muy mayores en la familia. Así que entiendo que tenemos que aburrirle muchísimo.

Lo malo es que cada vez que le dejo y me voy, tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo. De dejar de ver cómo crece, de no estar en momentos imprescindibles. De ser la ausente de su vida. De no formar parte de ella. Y eso, me hace menos feliz. Más vacía.

Me queda la esperanza de que un día, cuando sea mayor, decida venir a verme. Huyendo de la protección de sus padres, como nos pasa a todos. Y que me diga: “Tía. Este verano me voy unos días a pasarlos contigo”. Y poder compartir tiempo de verdad con él. Entre adultos. Para ver si puedo llegar a conocerlo. Todo lo que la distancia me impide hoy. Porque sé que me encantará pasar todo el tiempo del mundo con él. Y de momento le dejaré que disfrute de su infancia, le molestaré lo menos posible, y así, un día, será él quién decida pasar sus días conmigo.

Te quiero Gon, te quiero raro. Como se quiere a alguien a quien quieres sin verlo. Idealizándolo desde lejos. Pero reencontrándolo al volver a verlo. Te quiero porque no me decepcionas nunca. Porque tienes el corazón de oro y la mirada transparente. Y porque me dices que me quieres ver, y que te acuerdas de mi. Y porque ya me coges el teléfono y me hablas. Y me siento tan orgullosa. Y sobretodo, porque, cuando escribo esto, me doy cuenta de que no importa que no estemos juntos, porque te siento muy cerca.

No puedo esperar a verte y que me cuentes tus andanzas, y me pidas que juguemos juntos, y que pienses que no soy un rollo como el resto de los adultos.

Y si alguna vez no te sé entender, espero que me perdones. No se me da muy bien esto. Lo de ser tía. Pero siempre he intentado hacerlo lo mejor que he podido. Aunque ya sé que no es suficiente.

Euskañolberri

Desde hace algún tiempo noto que mi familia no me entiende. Y no lo hace por falta de intención, o porque yo tenga ideas complejas, que también. No me entienden porque hablo euskañol.

El euskañol es un idioma sencillo de aprender y difícil de olvidar. Se basa en la mezcla de palabras en euskera en mitad de una conversación en castellano o viceversa (no confundir con el educativo programa de televisión). Yo, como castellanoparlante, normalmente me incluyo en el primer caso.

Para todos aquellos familiares y amigos que no me entiendan cuando hablo, os dejo un operativo glosario para poderlo emplear en cualquier viaje a las tierras del txakoli o para poder entender cualquier nuevo éxito de la televisión o cine español (tan aficionados últimamente al gracejo vasco)

-“¿Tomamos un hamaiketako?” Literalmente lo de las 11. O sea, un bocata de recreo de toda la vida que puede sustituirse por cualquier cosa que te dé la gana comer entre el desayuno y la comida. Porque en Euskadi, comemos mucho, oiga.

-“He venido de gaupasa”: Viene a ser hacer una noche en blanco, ir a trabajar del tirón o de “empalmada” (término muy madrileño)

-“¿Me pasas eso? –Tori”. No no me refiero a la rubia oxigenada de Sensación de vivir. Tori significa toma. Y se dice sin perjuicio de que el resto de la frase se diga por completo en castellano.

-Bai, Ez, barkatu, mesedez, eskerrik asko, kaixo. (Sí, no, perdón, por favor, gracias, hola) Todas ellas palabras de uso muy frecuente que se cuelan en conversaciones en castellano sin ningun tipo de problema. Hay quien dice que se puede adivinar a quién votas solo viendo cómo las empleas o cuál eliges para saludar (para entenderlo, leed el maravilloso artículo de Jon Pagola)

-“Agur”. Esto ya, es un sindios. Da igual dónde estés o con quién. El agur entra en tu vida para no dejarla nunca. Incluso hay veces que te genera cierto tartamudeo ridículo cuando intentas no decirlo y es casi peor (agudios!)

-“Lasai, no importa”. Lasai significa tranqui. Se usa todo el tiempo. Toooodo el tiempo.

-“Es muy jatorra” Majo. Alguien es jatorra principalmente si es majo, simpático, agradable y suele ser común que sea euskaldun*. Si no, es majo a secas (cosas que me doy cuenta yo sola y que no tienen entidad empírica alguna)

-“Ese es euskaldun* / euskaldunberri /euskaldunzaharra” Aquí llegamos a terreno pantanoso. Yo siempre digo que no entiendo estas clasificaciones, en cierto modo muy excluyentes. Euskaldun es una persona que habla euskera. Hasta ahí bien. Euskaldunberri es una persona que ha aprendido el euskera de manera artificial, quiero decir, que no es su lengua materna. Y puede hablarlo perfecto. Eso da igual, pero es un “nuevo vascoparlante” traducción literal. Euskaldunzaharra es todo lo contrario. Alguien cuya lengua materna es el euskera y que lo ha aprendido en su casa, de su familia. Ser euskaldunberri es la nueva estrella de David (ellos dicen que no, pero sí)

-“Aspaldiko!” ¡Cuánto tiempo! Se puede decir como entrada de una conversación que se desarrolle completamente en castellano.

-“Moñoño” Muy donostiarra. Es algo bonito, cuco, la famosa pocholada que dicen las pilucas y caritinas en Madrid.

-“Txikito, zurito, katxi”. Medidas muy vascas para definir los tamaños de las bebidas (alcóholicas, por supuesto)

-“Mira qué potxolo es”: Bien si se lo dices a un niño, mal si se lo dices a un adulto. Potxolo es ese niño que dan ganas de comerte, por todo lo que él se ha comido previamente. No confundir con Potolo (que también se usa en su versión suavizada potolito/a cuando quieres decir que alguien es un morsa marina pero te da vergüenza social decirlo)

-“Eres un sinsorga” Date por apañado. Eso es que eres más soso que el queso de Burgos y más aburrido que los programas de Pedro Ruiz.

-“Menudo morrosko” Aquí me vais a entender muy bien. Un morrosko es el típico hombre que os imagináis todos cuando os hablan de un vasco. Un cacharro (katxarro) pelotari, levantador de piedras o remero. Nos vale cualquiera mientras se meta las txuletas (chuletón) dobladas entre pecho y espalda.

-“Antzeko-parecido” Expresión que yo suelo usar en lugar de “del pelo”. Antzeko-parecido es como decir: “parecido-parecido”.

Existen un sin fin de expresiones más. Os iré relatando para que podáis entenderme mejor. Y si no lo hacéis, ya no será culpa del perfecto euskañol que hablo, sino de mi compleja estructura mental, y para eso no tengo solución posible.

Aportaciones al euskañol  a raíz de este post por parte de mis queridos vascos “jatorras”:

-“Y ¿cuándo va a venir? – Auskalo!” Viene a decir “a saber”. Me encanta como suena, casi a cachondeo.

-“Eres un/a txotxolo/a” Es ese tipo de palabra cariñosa que, depende de quién te la diga, te toca las narices bien tocadas o te parece adorable. Viene a decir que eres un poco pánfilo, inocente, o corto mental, depende el contexto y el tono.

-“Maitia” Término cariñoso que significa “cariño”. Se usa con parejas y niños. El que lo usa fuera de ese contexto es igual de deleznable que el que te llama cariño sin conocerte.

-“Tengo pirrilera”. Sí señores, a los vascos también les sienta mal la comida. Aunque esté toda hecha con producto buenísimo “del país”. Viene a ser una cagalera murciana de toda la vida, pero de la zona del Cantábrico este.

-“Había una etxekoandre” Traducido significa señora de casa. Vamos una ama de casa. Este término es casi un adjetivo. Se usa poco su traducción castellana.

De aquí, de Madrid.


¡Qué suerte tienes de vivir al lado del mar! Es la frase que más escucho cuando digo que vivo en San Sebastián. Pero como todo en la vida, siempre quieres lo que no tienes. Es como esa constante manía de alisarnos el pelo cuando lo tenemos rizado y viceversa. El mar es muy bonito, pero como todo, llega un momento que de verlo todos los días pierde su exotismo. Entonces es cuando echas de menos todas esas cosas que el resto no entiende que eches de menos, pero que forman parte de tu adn.

Y una conversación con un amigo de siempre te hace sentir morriña. Te acuerdas de los viajes en bus recorriendo media ciudad. De las tardes en el retiro, cuando en el mes de mayo podías ir en tirantes y ver a todo el mundo haciendo el ganso en las barcas del estanque. De los atardeceres en el Templo de Debod. Del caminito desde el metro a tu oficina cuando todos los días coincidías con la misma gente, que no conocías ni saludabas, pero que eran parte de tu rutina. De las noches cuando salías, tacón en ristre y vestida casi como hoy irías a una boda. Del anonimato de las calles de Madrid. De los paseos por la Gran Vía a las 6 de la mañana hasta conseguir un taxi. De atravesar la Plaza Mayor porque han cambiado los planes. De las risas sentados en la Plaza de Santa Ana. De las señoras que se cuelan en las colas del supermercado. De tener que llegar dos horas antes, más la hora de metro, cada vez que vas a coger un avión. De quedar con un amigo con un mes de antelación para tomar una caña porque las agendas no encajan. Sin embargo quedar casi cada tarde para tomar una caña después del trabajo con tus compañeros. De los bares llenos de cabezas de gambas en el suelo. Del camarero que te dice: “qué desea caballero/señorita” y termina la frase con un “marchando una de bravas” a voz en grito.

De la gente que no te mira por la calle, que no te juzga. Que le da igual tu aspecto, para bien y para mal. De los piropos espontáneos que te suelta alguien al doblar la esquina.

De la amistad espontánea. De la inexistencia de las raíces. De que aquí todos somos de Madrid. De que no hay círculos impenetrables. De que cada noche es una aventura que no sabes cómo acabará.

Me vais a permitir que por una vez no recuerde nada malo de Madrid. Y ya sé que es puramente subjetivo. Es una licencia que me voy a permitir de manera unilateral. Pero así lo recuerdo. Sin sentirme obligada a pedir excusas por todo lo bueno que tiene. Como una relación pasada de la que es mejor no recordar lo malo, porque ya tienes a tu familia para hacerlo. Yo ya tengo muchas voces que así lo hacen. Pero como el primer amor, aunque te haya hecho daño, no lo cambiaríamos por nada. Ni por la pareja perfecta. Llena de belleza y tranquilidad. Siempre tira más lo canalla. Y a eso, mi querido Madrid, no te gana nadie.

El amor se nos hace bola…

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¿Os ha pasado alguna vez que intentas hacer algo y por más que te esfuerzas, no hay manera? Esto en mi pueblo se denomina hacerse bola, como los trozos de filete que nos metíamos en la boca de pequeños y no había manera de tragar, en el fondo porque no queríamos…
Digo en mi pueblo porque la primera vez que lo dije fuera de Madrid mi novio, donostiarra de toda la vida, me miró como si fuera un bicho raro. Creo que el término es súper gráfico y sencillo de entender… Se convierte en tarea imposible pero sobre todo porque así lo queremos. Nunca se nos hacía bola nuestra comida favorita así que era una bola “buscada”. Esto a veces sucede con el amor.
Por eso, cuando mi amigo Nacho me avisó de que Bárbara Alpuente había sacado un libro titulado “El amor se me hace bola” pensé dos cosas:
– “Me lo compro”
– “Me lo compro… ahora mismo”
Y como estaba en el trabajo (sí, ya sé que todos vosotros solo utilizáis el ordenador para trabajar y que nadie usa redes sociales o internet en su horario laboral excepto yo) decidí pedirlo online, con la gran suerte de que al día siguiente ya estaba entre mis manos.

Sobre el libro en cuestión no sé si seré muy objetiva. Llevo años siguiendo a Bárbara (figurativamente, quiero decir, o sea, menos que un acosador y más que la Mazagatos a Vargas Llosa). Me encanta su estilo, me siento muy identificada con su forma de contar las cosas y me hace reír como si fuera la primera vez que leo algo suyo.
En esta ocasión, el libro narra distintos momentos y situaciones del amor y a cada una le otroga un título de película. Véase, “Hola ¿estás sola?” (mi favorito) “Tienes un email” (hablando de las relaciones por internet) u “Olvídate de mi” (para cuando la relación se termina) Algunas situaciones me hicieron literalmente llorar de risa (concretamente cuando describe sus vacaciones sola en una casa rural) Memorable.

Lo que más admiro es que es simple y brillante. Parece que en lugar de leer, estés escuchándole y eso hace que empaticemos rápidamente y nos parezca que le conocemos. Y sobre todo, agradezco que no quiera crear un personaje como el de Carrie Bradsaw, antítesis de una soltera admirable (bueno yo sí que admiro lo que estira el sueldo de columnista, como para vivir en Manhattan y tener tal colección de Alta Costura) Por lo demás es detestable.

Porque la realidad es que todas somos solteras y ninguna necesitamos un hombre que nos resuelva la vida. Escogémos la opción o no de compartir nuestra vida con uno, de disfrutar momentos o de conocer a muchos. Pero somos personas individuales. Yo tengo pareja hace muchísimos años pero no quita que esté de acuerdo con la mayoría de las situaciones que se encuentran en este libro.

El día que a nadie le importe si tenemos pareja, hijos, perros o con quién nos acostamos, ese día, la humanidad habrá alcanzado su punto máximo de desarrollo. Mientras tanto, prueba a leerte este libro para sobrellevar la espera mejor. Lo malo que es muy cortito y la espera parece que será laaaarga.