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Mucho más que 20 km

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En los últimos meses he tenido un pensamiento recurrente en mi cabeza, una duda, una inquietud. Desde que el 12 de mayo se me encendiera una lucecita en la cabeza y me dijera a mi misma: ¿Por qué no la vas a correr? ¡Tienes tiempo para prepararte! Y si no llegas preparada, no la corres y ya está. Tampoco es para tanto. Y todo a raíz de un artículo que leí sobre un corredor con mi enfermedad, que me hizo pensar que yo también podía hacerlo.

Durante estos meses han pasado muchas cosas. Unas buenas y otras malas. Meses en los que entrenar ha sido imposible, falta de motivación, de tiempo, de ganas, brotes de dolor… Hasta que en Septiembre decidí que, si quería cumplir con mi propósito, tenía que tomármelo en serio.

No voy a decir que lo hice. Aún viendo llegar el momento tuve mis bajas, mis pequeñas concesiones. Pero tenía claro que al menos iba a intentarlo si mi cuerpo me dejaba.

La idea se volvía cada vez más real. Cada vez se acercaba más el día. Cada entreno era una prueba y me sentía cada día un poco más esperanzada con conseguirlo. Además, mis primos venían desde Madrid a correrla conmigo, así que no valían las excusas.

Los días previos los nervios iban creciendo. Los comentarios de los amigos, familiares, compañeros de trabajo, sobre lo que piensan que vas a hacer, que debes evitar, que puedes preparar. Cada dato es un mundo para un primerizo y lo asumes como si fuera la Biblia.

Ahí estás tú, la noche de antes, preparando las mil doscientas cosas que te han recomendado que hagas. La pasta, los geles, los plátanos, las bolsas para las zapatillas, el chubasquero por si llueve, el jersey para tirar porque “va a hacer mucho viento” y te quedas frío.

Por fin llega el día. Te levantas con una mezcla de miedo a lo desconocido y emoción rebosante. Sientes que se te encoge el estómago al ponerte la camiseta con el dorsal. Sales de casa y vas viendo como otros llevan tu mismo camino, con su equipamiento deportivo. Llegas al tren y estás atacado. Risas nerviosas y comentarios absurdos con tus compañeros. Piensas que no vas a llegar nunca a Irun dentro del vagón del Topo abarrotado. Intercambias comentarios con otros corredores. Sigues la marabunta de gente hasta empezar a ver, a lo lejos lo que se supone que vas a ser tú también. Paras varias veces en las colas de los baños porque los nervios te pueden. Te emocionas viendo la salida del grupo anterior y piensas: uff, ahora voy yo.

Cuenta atrás con los nervios a flor de piel: zazpi, sei, bost, lau, hiru, bi, bat….. Y empiezas a correr. Primero, dejando que la música y las voces de los animadores te lleven. Después, con la música que has preparado para que te ayude a seguir tu ritmo. Y te das cuenta de que eres todo a la vez. Más sensible que nunca, porque una sola sonrisa te encoge el corazón. Más fuerte que nunca, porque no sientes nada más que tus latidos, que avanzan al ritmo de tus piernas.

Por tu cabeza pasan muchos pensamientos. Muchas personas. Muchos recuerdos. Algún nudo en la garganta. Disfrutas, sufres, disfrutas, sufres, y sigues sufriendo y disfrutando. Hasta que llegas al alto de Miracruz. Y de repente le ves a ella, que te ha hecho un cartel para animarte, y que te da un abrazo, que es el mejor isotónico que te puedes tomar. Ya ni sientes las ampollas, ni el dolor de la rodillas cuando le ves a él, cruzarse de acera y gritarte emocionado que eres muy grande. Y también le ves a ella, que ha dejado todo para acompañarte y demostrarte que es la mejor amiga del mundo. O también a ella, que te ha traído a tu perro para que puedas verlo, aunque no consigas hacerlo. Todos ellos, junto a la señora que me animó en Pasajes, y a la gente que te lleva en volandas a la meta desde la Zurriola, fueron la mejor recompensa, la mejor medalla.

Entrar de la mano de mi primo por la meta. Abrazarnos y pensar que nos faltaba uno ahí, que también llegaría aunque un poquito después. Y darte cuenta de que has hecho algo que nunca pensaste que serías capaz de hacer. Sentirte mejor que nunca aunque te duela todo.

Eso, es correr la Behobia.

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9 años ya…

Hoy hace 9 años que viví un día muy intenso. Toda mi vida cambió en menos de 24 horas. Mucha gente que lea esto ya conocerá la historia, pero como me hago mayor, me gusta recordarlo.

Todo empezó la tarde del día anterior. Esa tarde iba a ser difícil. Se suponía que después de unos meses, pondríamos punto y final a nuestra relación ya que Jon tenía que volver a San Sebastián y la distancia no parecía una opción realista para nosotros.

Pero ese día, como he dicho, iba a cambiar mi vida. Y lo hizo para bien. Cuando llegó el momento de despedirnos, decidimos darnos una oportunidad y ver si valía la pena. De momento, parece que acertamos.

Unos minutos antes de irme y dejar a Jon a punto de mudarse, recibí una llamada. Mi padre me avisaba de que mi hermana se iba al hospital. Gonzalo estaba a punto de llegar.

Cuando me subí al metro sola para volver a casa, no podía dejar de sonreír. El triste día que esperaba que iba a tener, de repente se volvió lleno de esperanza y buenas noticias.

Llegó la noche y, tras largas horas de espera, y algún que otro susto, se abrió la puerta de esa sala de espera que nos desesperaba. Recuerdo escuchar a mi cuñado repetir: “hijo, soy yo, papá, hijo” y no poder parar de llorar.

También recuerdo al día siguiente, cuando mi hermana me dijo que lo cogiera en brazos. Y pensaba que se me iba a derretir en los brazos. Era mi primer contacto cercano con un bebé, y justo me tocaba con el niño que más iba a querer el resto de mi vida.

Después de aquellas veces, fueron muchas las que lo tuve en brazos o deseé tenerlo. Pero cada vez era más difícil, cada vez lo veía menos.

Y de repente ya no podía cogerlo. Ya era mayor. Ya andaba, corría y hablaba. Ya tomaba sus decisiones. Ya pensaba libremente. Ya regía la vida de todos. Ya era mayor.

Para los que no lo conocéis os diré que será un gran hombre porque es un gran niño. Porque es cariñoso y le gusta aprender. Y aunque a veces, cuando estoy con él y llevo semanas deseando verlo, prefiere estar a sus cosas, yo no le culpo nunca. Porque no tiene la suerte que tuve yo, que tuvimos nosotras, de tener muchos primos con los que estar. Y ya somos todos muy mayores en la familia. Así que entiendo que tenemos que aburrirle muchísimo.

Lo malo es que cada vez que le dejo y me voy, tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo. De dejar de ver cómo crece, de no estar en momentos imprescindibles. De ser la ausente de su vida. De no formar parte de ella. Y eso, me hace menos feliz. Más vacía.

Me queda la esperanza de que un día, cuando sea mayor, decida venir a verme. Huyendo de la protección de sus padres, como nos pasa a todos. Y que me diga: “Tía. Este verano me voy unos días a pasarlos contigo”. Y poder compartir tiempo de verdad con él. Entre adultos. Para ver si puedo llegar a conocerlo. Todo lo que la distancia me impide hoy. Porque sé que me encantará pasar todo el tiempo del mundo con él. Y de momento le dejaré que disfrute de su infancia, le molestaré lo menos posible, y así, un día, será él quién decida pasar sus días conmigo.

Te quiero Gon, te quiero raro. Como se quiere a alguien a quien quieres sin verlo. Idealizándolo desde lejos. Pero reencontrándolo al volver a verlo. Te quiero porque no me decepcionas nunca. Porque tienes el corazón de oro y la mirada transparente. Y porque me dices que me quieres ver, y que te acuerdas de mi. Y porque ya me coges el teléfono y me hablas. Y me siento tan orgullosa. Y sobretodo, porque, cuando escribo esto, me doy cuenta de que no importa que no estemos juntos, porque te siento muy cerca.

No puedo esperar a verte y que me cuentes tus andanzas, y me pidas que juguemos juntos, y que pienses que no soy un rollo como el resto de los adultos.

Y si alguna vez no te sé entender, espero que me perdones. No se me da muy bien esto. Lo de ser tía. Pero siempre he intentado hacerlo lo mejor que he podido. Aunque ya sé que no es suficiente.

Hubo una vez, hace 10 años….

Erasmus… ¿qué significa eso?  En general suele aparecer en nuestra mente la palabra juerga, descontrol, fiesta, ligues etc… Pero como todo en la vida, depende…

Erasmus para mí es amistad, vivencias, viajes, mucho trabajo, experiencias vitales y sobre todo gente, mucha gente. Una ciudad maravillosa: Bruselas. Y personas que cambiaron mi vida. La más importante: María.

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Aquella chica malagueña que alguien me puso en el camino, como un regalo. Nunca pensé que podría querer tanto y  tan rápido a alguien y nunca pensé que con el paso del tiempo seguiría pensando en ella como en una hermana. La tercera pata de banco era Quique (AKA ese Quique de moda) que soportaba nuestras cosas con paciencia, muusha paciencia y siempre con una sonrisa.

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La lista de nombres es larga, casi interminable, y cado uno se refiere a un momento especial. El alforfón de Isabel (no he vuelto a verlos), el Céltica con Remo y Laetitia, el Mezzo con Martijn, los quebecois en rue de l´aviations, las fiestas en casa de los portugueses, mis holandeses del alma (Jan y Rebecca), mis otros holandeses (los de Boxbergerweg)  mis ihecsiens (Hervé, Julie, Yoann), los vecinos del bloque (mis mañicas, los navarros, los españoles (apelativo increíble pero cierto, Marquitos &Co) y todos sus amigos, los italianos, las visitas de nuestras familias cargadas de jamón y aceite (el negro farmacéutico es la anécdota que más veces he contado), los del Johnny, las niñas de María, mis nenas,  y otros muchos que fueron y vinieron a lo largo de ese año. ¡Qué año!

Por eso creo que este año que hará 10 años que me fui de Erasmus, es justo recordar aquel día en el que me planté delante de mis padres, y les dije que me habían concedido una beca Erasmus y que me iba a Bruselas. Sé que no fue la mejor noticia que han recibido, pero también sé que ellos están seguros de que, sin duda, fue el año más importante de mi vida, que pasé cosas buenas y malas, pero que sin él no sería como soy.


A mis padres: Gracias por dejarme vivir un sueño aunque con él me llevara una parte de vuestro corazón.

A María: Gracias por todo. Pero sobre todo, gracias por esa semana que me cuidaste como una mamá porque no quería saber nada del mundo.  Nunca se me olvidará  Y por ese regalo que me hiciste que guardo como un tesoro ¡Te quiero pequeña!

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Vidas que dejan huella



Hay situaciones en la vida que nos hacen pararnos a reflexionar y meditar sobre cuestiones que en principio dejamos a un lado para seguir con nuestro día a día y no agobiarnos en la transcendentalidad. Y es, normalmente, cuando llegan esos momentos, siempre malos, cuando pensamos en lo que significa vivir, morir, y ese camino que hay entre lo uno y lo otro que se llama existencia.

En estos momentos todos nos volvemos filósofos, meditamos sobre lo que es estar en este mundo, nos sentimos más temerosos de la muerte, los más cercanos al hecho lo maldicen y los más lejanos lo extrapolan a sus vidas. Todos por unos días somos sensibles a algo que debería ser la mayor de nuestras preocupaciones el resto del tiempo, que es aprovechar lo que estamos viviendo, el momento.

Después, llega la reflexión concreta sobre lo que hemos perdido. Suele dar la casualidad que nos parece que solo los buenos desaparecen. Siempre me maravilla esa sensación de que a nuestro alrededor solo hay gente con defectos y que allá en lo alto nos vigila un ejército de sabios benefactores que guían nuestros pasos. Lo peor de todo es que es cierto, y que no sé si es un hecho contrastado o una simple coincidencia, pero aún no he asistido a la pérdida de nadie que no me haya parecido irremplazable, admirable, inesperado y desgarrador. Será que tengo mucha suerte y mi entorno está lleno de gente que merece la pena conocer y cuya memoria me hace no solo soltar alguna lágrima de tristeza porque no estén, sino que dibuja una sonrisa en mi cara por haberles podido conocer.

Hoy, tras la vorágine de días tristes y de largas conversaciones, en la tranquilidad que me da la soledad, me doy cuenta de que el mejor homenaje que se le puede hacer a alguien no es en un templo religioso, ni con ramos de flores, tan siquiera con lágrimas… el mejor homenaje es recordar sus actos, sus anécdotas, sus fallos, las cosas que le hacían especial, los momentos en que nos hizo reir, sus muecas, sus frases, sus actitudes… todo eso compone un agradecimiento enorme a que haya compartido su vida con nosotros y nos hace darnos cuenta que en adelante seguirá estando con nosotros en cada conversación en la que aparezca.

Porque con cada nueva desaparición reaparecen antiguos desaparecidos. Un beso muy grande al último, a quién me alegro mucho de haber conocido, me apena tanto perderme a partir de ahora, ya que aunque suene tópico, poca gente deja vacios tan grandes a su alrededor cómo ha dejado él, y lo más importante, poca gente consigue que al recordarle, se fundan sonrisas y lágrimas.

Uno más.. y espero muchos más


Mañana es mi cumpleaños. Por primera vez he sido consciente de que cumplir años es algo más que celebrarlo y recibir regalos. Es una muesca en la culata, un tick en una lista, una grieta en una pared. Y no hablo del temor a envejecer, ni a esa creencia de que a partir de cierta edad a la gente no le guste decir que cumple años. Yo me refiero más a ese sentimiento de que sólo soy consciente del paso del tiempo en este momento.

Echas la vista atrás y piensas todo lo que imaginaste que serías con esta edad. A la vez, piensas lo que crees que será de tí en unos años. Te das cuenta del absurdo de ambas cosas ya que igual que no fuiste capaz de imaginar cómo sería tu vida hace 10 años, no lo serás ahora de predecir lo que te depara la próxima década.

Me queda un año para cambiar de decena. No me preocupa lo más mínimo. Creo que es más preocupante quedarte para siempre en una década, tanto mentalmente (los anclados en los 20 o 30, fuera de lugar) como literalmente (aquellos que no consiguieron cumplir más). Lo que sí me inquieta es ese no saber que mi naturaleza, ansiosa, tolera tan mal.

El paso de los años es la señal inequívoca de que vivimos. Y cómo ya dije el otro día, vivir, aunque nos hagamos viejos o nos equivoquemos, es lo único que podemos hacer, y para lo que estamos aquí. Y soy tan partidaria de vivir, que sólo pensar que un día pueda ser tan mayor que la perspectiva de seguir viviendo sea casi inverosimil es la única razón que puede hacer que no me entusiasme que llegue este día cada año. Por el resto, bienvenido sea, lleno de cosas, vacío a la vez de esas horas que tiramos sin darnos cuenta, que nunca volverán, cuando son lo más valioso que tenemos porque no hay manera de conseguir más.

Hoy, como el sábado cuando le regalé a mi sobrino El Principito, vuelvo a recordar su frase más famosa, “lo esencial es invisible para los ojos”, y me convenzo que las minudencias como las trazas del tiempo en el cuerpo son absurdas, si las comparas con lo que significa en vivencia el tiempo que han necesitado para hacerse visibles.

Te conozco desde siempre… ¡antes que a mí!

Mis padres cumplen hoy exactamente 39 años casados. Se casaron a los 21 años y tienen 61, lo cual deja evidenciar que llevan mucho más tiempo juntos que separados. Una vez tuve este mismo pensamiento cuando me dí cuenta de que a mi hermana, aún en la treintena, le ocurría exactamente lo mismo de manera proporcional a su edad.

No sé al resto del mundo, pero a mi esto me lleva a una reflexión sobre las relaciones y sobre la vida independiente. No creo que se pueda afirmar nada a nivel genérico, ya que cada uno solo sabe de su propia experiencia, y además incluso de esa, sabe poco. Lo que si me parece curioso es cómo se puede llegar al punto en el que no se recuerde lo que era ser uno solo en lugar de dos.

Con esto no quiero decir que las parejas dejen de ser personas independientes con vidas individuales. Es simplemente esa sensación de compromiso, interés, empatía y falta de egoismo que sería, en principio, necesaria para una relación, siempre y cuando hablemos de relaciones normales y no personas que se dejan llevar por el paso del tiempo y la apatía y a las que les da pereza cambiar su estado actual.

Si no soy capaz de estar más de 4 años en el mismo trabajo, si me aburre la ropa que tengo hace tiempo, si necesito cambiar de colección musical, si los libros que léia muchos de ellos me horrorizan ahora, si hay veces que hasta las relaciones amistosas resultan tediosas con el paso de los años, ¿cómo es posible que podamos mantener tanto tiempo algo que requiere mucho más esfuerzo?

No me voy a poner romántica. De hecho creo firmemente que la base de los amores duraderos no es para nada el amor romántico hollywoodiense. Pero algo tiene que haber; una encima con la que solo algunos nacen, para que existan esas parejas que que pueden estar juntos toda una vida y otros que la perspectiva de un lustro con la misma persona les produce tiritonas y sarpullido.

Eso sí, las maneras de vivir esas relaciones eternas son muchas. Yo he visto de todo: viejecitos entrañables que se amaron hasta la muerte como los de Verona, padres entrados en años que pueden pasarse el día discutiendo por tonterías pero que no pueden vivir el uno sin el otro, hijos que deciden entregar sus vidas para cuidar a sus padres cuando les necesitan demostrando que otras formas de amor también existen, uniones de ahora sí ahora no, pero que el no es siempre sí y el sí es intermitente, gente que vive del recuerdo de un amor que se fue hace 30 años y no quieren encontrar otro… tantas formas como historias…

A parte de éstas, están el resto. Gente que prueba, conoce, se aburre, decepciona, vuelve a ilusionarse, se queda perplejo, se divierte, rie, llora, cambia de opinión, busca, encuentra, pierde, gana, y aprende.

No hay mejores ni peores. Todos son lo mismo. El que busca y encuentra, o no encuentra pero cree encontrar, o simplemente se conforma y el que busca y rebusca y por mucho buscar no encuentra y se desespera. En el fondo es todo lo mismo… vivir

Por eso, quiero felicitar a todos los que vivimos, y en especial a mis padres que llevan 39 años + 21 viviendo con todo lo que ello significa, en lo bueno, en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… y que un día decidieron unirse, para bien o para mal, y traer a este mundo a dos personajes tan curiosos como nosotras.

Lloyd- Wright and Bilbao



Y por fin llega a mis alrededores algo que me gusta y que pienso ir a ver sí o sí.

El museo Guggenheim de Bilbao presenta una muestra de los proyectos de Lloyd- Wright, dibujos originales, maquetas, fotos etc… Ya solo me faltaría que viniera Punset a darme una charla sobre genética dentro del Guggenheim mientras vemos la casa de la cascada juntos… no sé si será mucho pedir pero cada uno tiene sus fetiches.

Qué pena que sean maquetas solo y que la casita de Wright no se pueda reproducir en la Ría de Bilbao! riau riau!!!…