42 años de vida, 20 de amigas.

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De toda la gente que conozco, de todos los sitios en los que he vivido, solo tengo una amiga que lo sabe todo de mí, absolutamente todo, y aún así, lleva queriéndome unos 20 años. Sé que esta cifra va a despistar a algunos, pero está perfectamente calculada. Antes de eso, no dudo que me quisiera, pero no sabía todo de mí, porque la diferencia de edad hacía que cada una viviera en un mundo diferente.

A partir de ese momento descubrí que por muchas cosas que pasaran, por muchas vicisitudes, por muchas lágrimas, por muchos kilómetros que nos separaran, solo habría una persona en este mundo que me quisiera incondicionalmente y que, aún sin entenderme, me respetara y me cuidara como una madre sin serlo. Sin reproches. Sin rencores.

Desde los 13 a los 22 años vivimos una amistad completa. Estaba en todos mis pensamientos, en todas mis momentos especiales. Era la primera persona a la que llamaba, a la que consultaba, de la que me fiaba. Vivimos nuestras vidas como si fuéramos inseparables. 9 años de diferencia no parecían ser suficientes para crear una barrera que duraría una década.

Nunca he conocido nadie más paciente, conmigo y con el resto. Menos orgullosa, sobre todo conmigo. Nadie que me haya valorado tanto sin merecerlo, que me haya levantado tantas veces, cuando pensaba que no tenía fuerzas. Que haya confiado en mí y en mi opinión, aún siendo mucho menor mi experiencia. Que se haya cogido un coche, un tren o un avión para venir a apoyarme cuando ha sido necesario. Sin pedir nada a cambio. Sin llamar la atención. Solo para estar.

Después la vida nos ha ido separando, en el espacio que no en el corazón. Aparecieron nuevas personas en nuestra vida, unas más importantes que otras. Y las distancias empezaron a hacerse más evidentes. Ya no hablábamos varias veces al día, ya no sabíamos todo la una de la otra de nuestros propios labios, ya llevábamos vidas independientes. Pero yo sigo teniendole muy cerca.

Y aunque ahora sé que no somos lo que éramos, sé que algún día volveremos a serlo. Cuando volvamos a ser independientes. Cuando la distancia sea menos. Cuando volvamos a hablar de nosotras y no del resto. De ningún resto. Cuando tengamos muchas más arrugas y nos sentemos juntas y solas a charlar, a reirnos de nuestras cosas. Como solíamos hacer. Como me encantaba hacer. Cuando éramos solo nosotras dos.

Porque quiero reivindicar a la persona que es ella, ella sola, como mujer. Ni como madre, ni como hija, ni como esposa. Hoy cumple 42 años mi mejor amiga. La mejor amiga que alguien podría tener. Mi hermana Sonia.

Te quiero tanto que nunca he podido decirlo en alto. Al menos, no como tú mereces. Porque si lo hiciera me rompería y ya sabes lo poco que me gusta eso. Pues eso, ya lo sabes. Aquí voy a estar siempre. Como lo has hecho tú y lo harás mientras vivamos.

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