De aquí, de Madrid.


¡Qué suerte tienes de vivir al lado del mar! Es la frase que más escucho cuando digo que vivo en San Sebastián. Pero como todo en la vida, siempre quieres lo que no tienes. Es como esa constante manía de alisarnos el pelo cuando lo tenemos rizado y viceversa. El mar es muy bonito, pero como todo, llega un momento que de verlo todos los días pierde su exotismo. Entonces es cuando echas de menos todas esas cosas que el resto no entiende que eches de menos, pero que forman parte de tu adn.

Y una conversación con un amigo de siempre te hace sentir morriña. Te acuerdas de los viajes en bus recorriendo media ciudad. De las tardes en el retiro, cuando en el mes de mayo podías ir en tirantes y ver a todo el mundo haciendo el ganso en las barcas del estanque. De los atardeceres en el Templo de Debod. Del caminito desde el metro a tu oficina cuando todos los días coincidías con la misma gente, que no conocías ni saludabas, pero que eran parte de tu rutina. De las noches cuando salías, tacón en ristre y vestida casi como hoy irías a una boda. Del anonimato de las calles de Madrid. De los paseos por la Gran Vía a las 6 de la mañana hasta conseguir un taxi. De atravesar la Plaza Mayor porque han cambiado los planes. De las risas sentados en la Plaza de Santa Ana. De las señoras que se cuelan en las colas del supermercado. De tener que llegar dos horas antes, más la hora de metro, cada vez que vas a coger un avión. De quedar con un amigo con un mes de antelación para tomar una caña porque las agendas no encajan. Sin embargo quedar casi cada tarde para tomar una caña después del trabajo con tus compañeros. De los bares llenos de cabezas de gambas en el suelo. Del camarero que te dice: “qué desea caballero/señorita” y termina la frase con un “marchando una de bravas” a voz en grito.

De la gente que no te mira por la calle, que no te juzga. Que le da igual tu aspecto, para bien y para mal. De los piropos espontáneos que te suelta alguien al doblar la esquina.

De la amistad espontánea. De la inexistencia de las raíces. De que aquí todos somos de Madrid. De que no hay círculos impenetrables. De que cada noche es una aventura que no sabes cómo acabará.

Me vais a permitir que por una vez no recuerde nada malo de Madrid. Y ya sé que es puramente subjetivo. Es una licencia que me voy a permitir de manera unilateral. Pero así lo recuerdo. Sin sentirme obligada a pedir excusas por todo lo bueno que tiene. Como una relación pasada de la que es mejor no recordar lo malo, porque ya tienes a tu familia para hacerlo. Yo ya tengo muchas voces que así lo hacen. Pero como el primer amor, aunque te haya hecho daño, no lo cambiaríamos por nada. Ni por la pareja perfecta. Llena de belleza y tranquilidad. Siempre tira más lo canalla. Y a eso, mi querido Madrid, no te gana nadie.

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2 pensamientos en “De aquí, de Madrid.”

  1. La morriña es propia de los gallegos aunque cualquier tierra donde hayas nacido te parezca la mejor aunque en tu caso se verdad Madrid tiene muchos problemas por lo grande y cosmopolita que es pero tiene de todo que es lo que tu hechas de menos,sigue añorando tu ciudad aunque se que ya no vivirás aquí.

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