Cuanto más te conozco, más te quiero

Como todo en la vida, resulta impredecible pensar lo que te va a pasar a 10 ó 15 años vista.
Si me conocías por aquel entonces sabrás que nada de lo que tenía en mi cabeza encajaría en mi vida actual. Y la más importante de todas esas incongruencias era esta: El terror a los perros.

Durante toda mi vida he estado obligando a mis famillires y amigos a cruzarse de acera cada vez que un perro aparecía en nuestro camino. Llegué a perfeccionar tanto la técnica que, por vergüenza a reconocerlo, inventaba excusas de todo tipo para desviar nuestro recorrido. Odiaba ir a casa de mi abuela porque sabía que antes que cualquier humano, Luna asomaría su hocico y me olisquearía de arriba abajo. Me latía el corazón a toda velocidad cuando iba a casa de mis primos y su caniche toy empezaba a ladrar y a mover divertidamente la cola. Pasear por un parque se convertía en un auténtico suplicio por el miedo a cruzarme con uno de esos seres peludos.

Pero llegó el momento que tenía que haber llegado muchos años antes y durante varias ocasiones, y a lo largo de unos días, tuve que convivir con un perro. Y no uno cualquiera, si no uno de magnitudes considerables, y dientes cuanto menos, respetables.

Y resultó que, aunque tampoco me volví susurradora de perros, sí desperté esa confianza dormida en los canes. Y ese sentimiento fue creciendo día a día, alimentandose poco a poco del mínimo contacto que podía tener con la especie, y haciendo que finalmente un día, no pudiera esperar más sin compartir mi vida con uno de ellos, ya que me resultan los seres más dulces y desinteresados de la tierra.

Tras muchos quebraderos de cabeza, posposiciones, imposibilidades y espera impaciente, por fín llegó el momento de compartir la vida con uno de ellos. Los días anteriores a su llegada eran un cúmulo de alegría, inseguridad y preocupación. ¿Seré capaz de convivir con un animal? ¿Podré acostumbrarme a su rutina? ¿Será feliz conmigo?

Y entonces llegó. Eran las 9 y algo de la mañana y mi corazón latía como loco, sin poder dejar de andar de una lado para otro, ya que nos habían anunciado su llegada antes de esa hora. Sonó el teléfono y un hombre me avisó para que saliera a recoger “mi cachorro” que ya estaba en el portal. Me asomé a la furgoneta, y mientras el repartidor me daba papeles para que firmara, yo no podía dejar de mirar a aquella preciosidad, que con miedo me analizaba, desde el fondo de su jaula. Metí mis dedos entre las rejas, maldije a aquel transportista que había permitido que viniese en aquel estado hasta casa, y me arrepentí de haber creído al intermediador que me aseguró que llegaría en perfecto estado, sin ningún trauma y el mismo día que lo sacaron de su casa.

Después de olisquearme la mano y entender que estaba a salvo, se acercó a mi, lo cojí en brazos, ante la crítica del transportista que solo repetía “¡está lleno de pis, no lo cojas!” y lo metí en casa. Desde que lo ví supe que sería dificil volver a sentir esa sensación de dulzura y cariño por algo que acabas de ver por primera vez.

Desde entonces hasta ahora solo han pasado 3 semanas y ya no puedo imaginarme mi vida sin él. Mucha gente me comenta que ya no hablo de otra cosa, que no puedo tratarlo como si fuera un ser humano, que no es mi hijo, que es sólo un perro. Pues bien, no es solo un perro, es mi perro. Y por supuesto sé que no es mi hijo. Pero ha conseguido que no me importe levantarme media hora antes, madrugar el fin de semana, salir a la calle justo después de una siesta, despertarme en mitad de la noche por sus ladridos, recoger sus cacas sin morirme de asco, aguantar que me muerda aunque a veces pierda los nervios, intentar sobrellevar las paradas constantes de niños que quieren tocarlo (esto aún necesita perfeccionamiento por mi parte), que no mire el precio de nada que tenga que ver con él, que piense en él antes que en nada a la hora de hacer planes, y que sólo con mirarlo dormir se me caiga la baba y no me preocupe en absoluto lo que diga el resto de la gente. Ahora pregunto… ¿Eso podría conseguirlo un ser humano? muchos dirán que un hijo sí… así que espero que ellos mismos entiendan mi contestación a todos esos comentarios.

PD: Lo dijo Diógenes y no yo: “Cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro”

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