3 años y parece que fue ayer… o desde siempre

Hoy, hace exactamente 3 años, llegaba cargada de maletas a la estación de San Sebastián, después de más de 5 horas de viaje, preparada para una nueva vida, aunque sin pensarlo mucho. Como es bastante reciente, recuerdo casi cada detalle de aquel día. Cómo pasé por la cinta con todas las maletas sin casi poder agarrarlas, ya que no dejaron que mi padre me ayudara, como las coloqué yo sola en las baldas del vagón, cómo me senté en mi asiento y cogí la carta que mi padre me había escrito y no me había dejado leer hasta que arrancó el tren, y como lloré cuando leí todo lo que en ella ponía (sí, como en las películas americanas, pero en versión original sin subtítulos).

El caso es que mi padre era mucho más consciente que yo de lo que este momento implicaba. Su carta dejaba ver claramente que, aunque no perdía la esperanza de que me arrepintiera y volviera con ellos, ya que yo tomaba siempre decisiones precipitadas, este viaje tenía muchas posibilidades de que fuera permanente, por lo menos por bastante tiempo, y yo sin embargo, no había caído en ello hasta ese momento.

He de reconocer que aunque soy bastante culo inquieto, y nunca me había pasado antes, el choque cultural al llegar fue tremendo. No porque hubiera grandes diferencias entre los vascos y yo, sino más bien, por la falta de facilidad a la hora de poder llegar a conocerlos. Pero siempre dicen que el tiempo pone a cada uno en su sitio, y me parece un gran refrán, porque indiscutiblemente, el tiempo ha colocado a los vascos en general y a los donostiarras en particular en un lugar privilegiado en mi corazón.

Después de una espera prudencial, necesaria para habituarse y aclimatarse a cualquier situación, llega el momento de hacer balance de estos tres años. Vivo en la ciudad más bonita del mundo, tengo amor, tengo los mejores amigos, aquí y allí (vivan donde vivan), tengo a mi familia, cada día más cerca en distancia y tiempo y espero que muy pronto a mi lado, tengo una familia de “acogida” inmejorable, tengo el trabajo de mis sueños, vivo frente al mar, disfruto de la gastronomía más increible tanto fuera como dentro de casa, estudio un idioma que aunque dificil me enorgullece poder empezar a entender, estoy inmersa en una cultura que valoro, admiro y comparto en gran medida, aunque como en el resto de cosas, es imposible estar al 100% de acuerdo en todo y pronto, muy pronto, cumpliré el último deseo que me queda para pensar que esto es un sueño y que tengo miedo a despertar. Mi tan esperado perro.

Todo esto en tres veranos… Ahora queda esa horrible sensación que da la felicidad, que es el miedo a que todo se evapore y desaparezca. Pero mientras tanto, y por el tiempo que pueda durar, hay que disfrutarlo… Así que hoy brindaré por una decisión que, aunque en ocasiones maldigo haber tomado, lo hago desde la inconsciencia de la pataleta, la nostalgia de lo que en su día detestaba y el capricho momentáneo.

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