Un akelarre de bombones salados y tartas de papel


Hace ya un mes que le debo un post a la experiencia gastronómica que disfrutamos en el restaurante Akelarre de San Sebastián. Por eso, y aunque con retraso, quiero dedicarle unos minutos a este pequeño paraiso que esconde el Monte Igeldo.

He de decir que nunca he creido en los restaurantes con estrellas michelín ni en los menus degustación. Puede que parte de esa desconfianza se debiera a que nunca había estado en uno.

En los últimos meses he podido disfrutar de unos cuantos (más de los que esperaba y menos de los que me gustaría) y reconozco que mi opinión ha cambiado por completo.

Por supuesto que habrá de todo y mucha gente se habrá sentido defraudada e incluso estafada en establecimientos de renombre en los que la experiencia no merecía ni de lejos el precio que habían pagado. Me siento una absoluta privilegiada al poder decir que a mi eso no me ha pasado.

De noche, la luz salpica la entrada del lugar con pequeñas pinceladas blancas, dibujando los recodos del pasillo que lleva a la sala del restaurante. La enorme cristalera (que de noche pierde las magníficas vistas del monte) preside la cena, a lo largo de la cual se sitúan las mesas de la parte baja, dejando como en un escenario la otra zona, la de fumadores.

Entonces empieza el desfile de platos.

Al principio la razón se confunde y lo lógico se vuelve imposible. Paladear un bombón de morcilla puedo asegurar que es una de las experiencias más extrañas que he vivido en la cocina. A partir de ahí, sabes que debes dejarte llevar por los sabores, las texturas y los gestos, y que no debes dar nada por supuesto.

Cuando parece que todo se calma y que no puede quedar nada que llame tu atención aparece ella. Inesperada, insólita, rozando el absurdo pero rodeada de enigma:
-“¿Qué es?
-“Es la otra tarta de manzana”- contesta la camarera.

Tú la miras y no entiendes nada. Es una lámina de papel brillante con las letras que conforman el nombre del restaurante impresas.

De repente miras debajo del papel y ves un pequeño hojaldre, por lo que deduces que el papel es un adorno. Procedes a levantarlo hasta que escuchas:

-“La tarta es el papel” el hojaldre es para acompañarla. Las letras están hechas con chocolate.

Cortas un pedazo, lo metes en la boca y una explosión de sabor a tarta de manzana inunda tus papilas. Increible por lo indescriptible. Cuando de repente algo que no esperas ocurre y no sabes qué es lo que sientes.

Entonces te das cuenta de que el espectáculo está a punto de finalizar. Casi tres horas para degustar ocho platos dirigidos por excelentes maestros de sala y regados por un buen vino.

En resumen, cada céntimo y cada minuto, cada corte y cada pinchada, cada porción y cada salsa merece ser valorado. Y si además, te brinda la oportunidad de cruzar unas cuantas palabras con Pedro Subijana, hace que resulte inolvidable.

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PD: muchas gracias por descubrirme el gusto por la gastronomía y por sorprenderme cada día… Para mí ya tienes 5 estrellas Michelín

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