Klapisch y Duris, so happy together


Hay directores con productores fetiche. Con directores musicales fetiche. Con directores de fotografía fetiche. Pero sobre todo, hay directores con actores fetiche. No hace falta que los enumere, basta con algunos nombres como Allen, Almodovar, Amenabar, Medem, Hitchcock, Truffaut, Bergman, etc.

De los recientes, no he visto una pareja que resulte más eficiente que la formada por Roman Duris y Cédric Klapisch. Inseparables afortunadamente, ambos dos son maestros de lo suyo. El uno, mezclando imágenes, componiendo puzzles, organizando fotografías cual cubos de Rubik. El otro, echando miradas de soslayo, gritando contenidamente, y acelerando el ritmo de los diálogos haciendo a un extranjero ininteligibles sus palabras en un grave y seseante francés.

Esta vez, nos proponen una historia a lo “Amelie” aunque adivino mucho más agria, de las de darte cuenta de lo bueno de la vida (y a la vez de lo malo). Un chico descubre que va a morir y tras esta revelación, empieza a ver de un modo distinto al mundo que le rodea.

Hoy por primera vez he sabido de este film aunque tiene ya casi un año. Me autodisculpo porque no se ha estrenado en España hasta este viernes. Espero que no me defraude.

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