En busca del Santo Grial

Hacía mucho sol, tanto que no podía creer que fuese diciembre. Tenía las manos cortadas por el peso de las bolsas, y me dolían los pies. Esperaba a que el semáforo, interminable, cambiase de color para poder ir a la última tienda que me faltaba. Mi ánimo comenzó a disiparse.

Ante mi, una horda de bárbaros ataviados con abrigos enormes y millones de compras se disponía a hacerme imposible mi misión. Los segundos duraban horas y mi impaciencia hacía latir mi corazón rápidamente. Finalmente el color rojo dio paso al verde y emprendí mi carrera hacia las puertas de esa gran superficie de logotipo verde.

Escalé mil escaleras, sortee los mayores peligros, las más encarnizadas promotoras de perfumes, libré mil batallas para alcanzar la cumbre de la 7º planta y al llegar allí el territorio era desolador.

Como pude y sin aliento, me acerqué a una de las pocas supervivientes que quedaban, en cuyo rostro podíamos ver el terror y la desesperación. Con mucho sigilo saqué un papel de mi bolsillo y leí su contenido. Ella con el último hilo de voz que le quedaba contestó: “lo siento señora, La casa de Mickey Mouse está agotada hace semanas y no hay ningún sitio dónde pueda encontrarla”.

En ese momento me di cuenta que por muy preparado que estés, hay batallas imposibles de ganar.

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